"ESTÁIS EN PELIGRO DE PERDEROS Y QUIERO SALVAROS"

EL POEMA DEL HOMBRE DIOS

LECTURA

6/22/202616 min read

Despedida a La Obra de María Valtorta

28 abril 1947

Dice Jesús:

“Los corazones que me han movido a iluminar y a dictar episodios y palabras al pequeño

Juan son múltiples, además de la alegría de comunicar un conocimiento exacto de Mí a esta

alma-víctima y amante.

En todas ellas está mi amor por la Iglesia, docente y militante, y el deseo de ayudar a las

almas en su ascensión hacia la perfección. El conocimiento que se tenga de Mí es una ayuda

para la ascensión. Mi palabra es vida.

Cito las razones principales:

I. El pequeño Juan pondrá aquí completas las razones dadas en el dictado del 18-1-47.

Esta es la razón más importante porque estáis en peligro de perderos y quiero salvaros.

La razón más profunda del don de esta obra radica en que en estos tiempos en los que el

modernismo condenado por mi santo Vicario Pío X, sigue desencadenándose en doctrinas

cada vez más dañinas, la santa Iglesia que representa mi Vicario tendrá materia para combatir

a los que niegan:

la sobrenaturalidad de los dogmas;

la divinidad de Cristo; la verdad de Cristo Dios y Hombre, real y perfecto tanto en la fe como

en la historia, que de Él ha sido transmitida (por los Evangelios, los Hechos de los Apóstoles,

las Cartas apostólicas, la tradición);

la doctrina de Pablo y Juan y de los Concilios de Nicea y Caledonia, como mi doctrina

verdadera que Yo verbalmente enseñé;

mi ciencia ilimitada puesto que es divina y perfecta;

el origen divino de los dogmas, de los Sacramentos, de la Iglesia Una, Santa, Católica y

la universalidad y continuidad, hasta la consumación de los siglos, del Evangelio que di a

todos los hombres; la naturaleza perfecta, desde el principio de mi doctrina, que no se ha

formado como a través de sucesivas transformaciones; la naturaleza perfecta de mi doctrina

que ha permanecido siempre la misma desde un principio y no por medio de sucesivas

transformaciones: doctrina de Cristo, del tiempo de gracia, del reino de los cielos y del reino de

Dios en vosotros. Doctrina divina, perfecta, inmutable, Buena Nueva para todos los que tienen

sed de Dios.

Oponed al dragón rojo de siete cabezas, diez cuernos y seis coronas sobre la cabeza, el

dragón que con su cola arrastra tras sí la tercera parte de las estrellas del cielo y las echa

abajo –en verdad os digo que caen más abajo que en la tierra- que persiguen a la Mujer; a las

bestias del mar y de la tierra a quien muchos, demasiados adoran, seducidos como lo están

por sus aspectos y prodigios, poned a mi Ángel que vuela por el medio del cielo, llevando el

Evangelio eterno bien abierto también en las páginas aun hasta aquí cerradas, para que los

hombres puedan salvarse por medio de su luz de los anillos de la gran serpiente de siete

fauces, que los quiere ahogar en sus tinieblas, y a mi regreso Yo encuentre todavía fe y

caridad en el corazón de los que ha perseverado y sean más numerosos de cuantos la obra de

Satanás y de los hombres no permiten esperar que puedan serlo.

II. Despertar en los sacerdotes y en los laicos un vivo amor al Evangelio y a cuanto toca a

Cristo. Ante todo un amor renovado a mi Madre, en las oraciones, donde está el secreto de la

salvación del mundo. Mi Madre es la triunfadora del Dragón maldito. Ayudad su poder con

vuestro amor renovado por Ella y con una fe renovada y un conocimiento de cuanto se refiera

a Ella. María dio al mundo el Salvador. El mundo tendrá una vez más por Ella la salvación.

III. Dar a los maestros de espíritu y a los directores de almas un auxilio en su ministerio,

estudiando el mundo de espíritus diversos que se agitó a mi alrededor y los diversos modos

que Yo empleé para salvarlos.

Sería una cosa absurda querer tener un único modo para todas las almas. Es diverso el

modo de atraer a la perfección a un justo que espontáneamente tiende a ella, del que debe

usarse con uno que cree, pero que es pecador, del que debe usarse con un gentil. Tenéis

tantos entre vosotros, si tomáis a la manera de vuestro Maestro, como gentiles a esos pobres

seres que han sustituido el ídolo del poder y prepotencia, del oro, de la lujuria, de la soberbia

de su ciencia, por el Dios verdadero. Es diverso el modo de usarse para salvar a los modernos

prosélitos, esto es, a los que han aceptado la idea cristiana pero no la ciudadanía cristiana,

perteneciendo a iglesias separadas. A nadie se le desprecie, y mucho menos a estas ovejas

dispersas. Amadlas y tratad de volverlas al redil único para que se cumpla el deseo de Jesús

el Pastor.

Objetarán algunos al leer esta Obra: “No se deduce del Evangelio que Jesús hubiera tenido

contacto con romanos o griegos, y por lo tanto rechazamos estas páginas”. ¡Cuántas cosas

hay que no se deducen del Evangelio, o se transparentan apenas tras gruesas cortinas de

silencio, que los evangelistas dejaron caer en episodios que, por su inquebrantable mentalidad

de hebreos, ellos no aprobaban! ¿Pensáis que conocéis todo lo que hice?

En verdad os digo que ni aún después de haber leído y aceptado esta ilustración de mi

vida pública, conoceréis todo lo referente a Mí. Habría acabado con mi pequeño Juan, que

se esforzaba en ser cronista de todos los días de mi ministerio, y de todos mis actos que

realicé en cada uno de ellos, si le hubiese dado a conocer todo para que todo os

transmitiese! “Hay otras cosas que hizo Jesús, que si estuviesen escritas una por una, creo

que en el mundo no cabrían los libros que se deberían escribir” dice Juan. Fuera de la

hipérbole, os digo en verdad que si se hubiera debido escribir cada uno de mis actos, cada

una de mis lecciones particulares, mis penitencias y oraciones para salvar un alma,

hubieran sido necesarias salas de una de vuestras bibliotecas, y una de las mayores, para

poner los libros que hablaban de Mí. Y también os digo en verdad que sería mucho más útil

para vosotros entregar a la hoguera tanta ciencia inútil, llena de polvo y de veneno para dar

lugar a mis libros, que saben tan poco de Mí y tener en tanta estima esa propaganda casi

siempre sucia de libídine y de herejía.

IV. Restituir en su verdad las figuras del Hijo del hombre y de María, verdaderos hijos de

Adán según la carne y la sangre, pero de un Adán inocente. Los hijos del hombre, si el

Primogenitor y la Primogenitora no hubieran envilecido su perfecta humanidad, hubieran

sido como nosotros –en el sentido de hombre, esto es, de criatura en la que existe una

doble naturaleza, la espiritual, a imagen y semejanza de Dios, y la naturaleza material- pero

como sabéis, lo hicieron. Sentido perfectos, esto es, sometidos a la razón aun en su mayor

perfección. En los sentidos incluso el moral con el corporal. Por lo tanto amor completo y

perfecto, y para el esposo al cual no se le une la sensualidad, sino sólo un vínculo espiritual

de amor, y para el Hijo. Amadísimo. Amado con toda la perfección por una perfecta mujer

por la criatura nacida de ella. Así Eva debería haber amado: como María: esto es, un amor

por el hijo no debido a un goce carnal, sino porque el hijo era hijo del Creador y obediencia

completa a su amado de multiplicar la especie humana.

Y haber amado con todo el ardor de una perfecta creyente sabiendo que su Hijo no es

figura sino en realidad era: Hijo de Dios. Yo digo a los que piensan que el amor de María por

Jesús fue un amor sin medida que se pongan a considerar quién era María: la mujer sin

pecado y por esto su caridad no tenía ningún defecto para con Dios, para con sus padres, para

con su esposo, para con su Hijo, hacia el prójimo; que reflexionen qué cosa veía mi Madre en

Mí fuera de ver al Hijo de su seno, y en fin de no olvidar la nacionalidad de María. Raza

hebrea, raza oriental y tiempos muy lejanos de los actuales. Por tal razón, de estas

consideraciones mana la explicación de ciertas amplificaciones verbales de amor que pueden

parecer exageradas. Estilo florido y pomposo aun en el modo de hablar diario, estilo oriental y

hebreo. Todos los escritos de aquel tiempo y de esa raza son documentos, que ni siquiera ha

cambiado mucho su estilo oriental con el correr de los siglos.

¿Pretenderías que, porque vosotros después de 20 siglos, y cuando la malicia de la vida ha

acabado con tanto amor, vais a examinar estas páginas, iba Yo a presentaros con María de

Nazaret como una mujer árida y superficial de vuestro tiempo? María es lo que es, y no

cambia la dulce, pura, amorosa Doncella de Israel, Esposa de Dios, Madre Virginal de Dios, en

una mujer excesiva, morbosamente exaltada, o en una glacialmente egoísta de vuestro siglo.

A los que juzgan que Jesús fue muy amoroso para con María, su Madre, les recuerdo que

consideren que en Jesús estaba Dios y que Dios Uno y Trino recibía sus consuelos amando a

María, a Ella que recompensaba del dolor de todo el género humano, el medio para que Dios

pudiera volver a gloriarse de su creación que brinda ciudadanos a su cielo. Y piensen en fin

que cualquier amor se hace culpable cuando se convierte sólo en amor desordenado, esto es,

cuando va contra la voluntad de Dios y el cumplimiento del deber.1

Pensad ahora: ¿Hizo esto el amor de María? ¿Lo hizo mi amor? ¿Me impidió Ella por un

amor egoísta de cumplir toda la voluntad de Dios? ¿Hice a un lado por un amor desordenado a

mi Madre de cumplir con mi misión? No. Uno y otro amor tuvieron un solo deseo: cumplir la

voluntad de Dios para la salvación del mundo. Y la Madre dio todos los adioses al Hijo, y el

Hijo todos a la Madre, la cual entregó al Hijo a la cruz del magisterio público y a la cruz del

Calvario, y Él la entregó a la soledad e intensa agonía, para que fuera Corredentora, sin tener

en cuenta nuestra humanidad que sentía desgarrarse, y nuestro corazón que se destrozaba en

medio del dolor. ¿Es esto debilidad? ¿Sentimentalismo? Es amor perfecto, ¡oh hombres que

ignoráis cómo amar, y no comprendéis más lo que es el amor y sus reclamos!

Aún más, esta Obra tiene por objeto iluminar ciertos puntos que un conjunto de

circunstancias han cubierto de oscuridad y forman así unas zonas oscuras en la luminosidad

del cuadro evangélico y puntos que parecen presentar fisuras, y no son sino puntos

oscurecidos entre uno y otro episodios, puntos indescifrables, y en los aclarados está la llave

para comprender exactamente ciertas situaciones que se habían formado con mis continuas

exhortaciones al perdón, a la mansedumbre y humildad, ciertas posiciones duras contra los

obstinados e incorregibles adversarios. Recordad todos, que después de haber usado toda la

misericordia, Dios por honor a Sí mismo, también sabe decir “basta” a aquellos que, porque es

bueno, creen poder abusar de su longanimidad y ponerlo a prueba. De Dios nadie se burla. Es

palabra antigua y sabia.23

V. Conocer exactamente la complejidad y duración de mi largo padecer que termina en la

pasión cruenta llevada a cabo en pocas horas, que me había consumado en un tormento

diario durante lustros y lustros, y que había ido siempre en aumento, y con mi padecer el de mi

Madre a quien atravesó la espada del dolor durante igual tiempo.24 Y animarlos por este

conocimiento a amarnos más.

VI. Demostrar el poder de mis palabras y los efectos diversos de ella misma, pues quien la

aceptaba, pertenecía a la fila de los hombres de buena voluntad, o a la de aquellos que tenían

una voluntad sensual que no es nunca recta.

Los apóstoles y Judas. He aquí dos ejemplos opuestos. Aquellos, muy imperfectos, rudos,

ignorantes, violentos, pero con buena voluntad. Judas, más docto que la mayoría de ellos, más

pulido en su contacto con la capital, pero de mala voluntad. Observad la evolución de los

primeros en el bien, su ascensión. Observad la evolución del segundo en el mal y su

descenso.

Tengan en cuenta esta evolución en la perfección de los Once buenos, sobre todos

quienes, por un defecto visual de su mente, están acostumbrados a desnaturalizar la realidad

de los santos, pensando que el hombre que llega a la santidad con una dura, durísima lucha

contra las fuerzas poderosas y oscuras, es un ser normal, sin acicates ni arrebatos, y por lo

tanto sin méritos. Porque el mérito procede ciertamente de la victoria sobre las pasiones

desordenadas y las tentaciones, victoria conseguida por amor de Dios y para conseguir el

último fin: gozar de Dios en la eternidad. Ténganlo en cuenta quienes pretenden que el milagro

de la conversión deba provenir sólo de Dios. Dios da los medios para convertirse, pero no

hace fuerza a la voluntad del hombre, y si el hombre no quiere convertirse, inútilmente tiene lo

que a otro sirve para su conversión.

Ponderen esto quienes examinan los múltiples efectos de mi palabra, no solo en el hombre

humano, sino también en el espiritual. No tan solo sobre el espiritual, sino también sobre el

humano. Mi palabra aceptada con buena voluntad transforma al uno y al otro, llevándolos a la

perfección externa e interna.

Los apóstoles que por su ignorancia y por su humildad trataban al Hijo del hombre con una

confianza excesiva –un buen maestro entre ellos, no más, un maestro humilde y paciente con

quien podía tomarse ciertas libertades un poco excesivas; pero no era que ellos faltasen al

respeto, era fruto de su ignorancia que se excusaba- los apóstoles pendencieros entre sí,

egoístas, celosos por ver quién me amaba más y a quién amaba Yo más, impacientes con el

pueblo, un poco orgullosos de ser “los Apóstoles”, ansiosos del estupefaciente que los

señalaba ante las multitudes como dotados de un poder extraordinario, lenta pero

progresivamente se transformaban en hombres nuevos, avasallando primero sus pasiones

para imitarme y darme gusto, después conociendo siempre más mi verdadero Yo, cambiando

sus modos y amor hasta verme, amarme y tratarme como Señor divino. ¿Son acaso al legar el

término de mi vida sobre la tierra los compañeros superficiales y alegres de los primeros

tiempos? Y sobre todo después de la Resurrección ¿son los amigos que tratan al Hijo de

hombre como amigo? No. Primero son los servidores del Rey, después los sacerdotes de

Dios. Son ya del todo diversos, completamente transformados.

Piensen esto los que encuentren tal vez y juzguen anormal la naturaleza de los apóstoles,

que era como ha sido descrita. Yo no era un doctor difícil, un rey soberbio, un maestro que

tiene por indignos a los demás hombres. Supe compadecer. Quise formar, tomando en mis

manos un material basto, quise llenar de perfección de toda clase a vasos vacíos, demostrar

que Dios lo puede todo, de un pedernal saca un hijo de Abraham, un hijo de Dios, y de un

inútil, un maestro, para confundir a los maestros jactanciosos de su ciencia, que muchas veces

ha perdido el perfume de la mía.

VII. En fin: haceros conocer el misterio de Judas, ese misterio que es la caída de un alma

que Dios había socorrido tan espléndidamente. Un misterio que en realidad se repite muy

frecuentemente y que es la herida que molesta tanto al Corazón de vuestro Jesús.

Haceros conocer cómo se cae, transformándose de siervos e hijos de Dios en demonios y

deicidas que dan muerte a Dios con darla a la gracia, para impediros poner los pies en los

senderos de donde se precipita al abismo, y para enseñaros cómo hacer para lograr que los

corderos imprudentes no se arrojen allí. Reunid vuestras fuerzas intelectuales para estudiar la

horrenda y muy frecuente figura de Judas, una mañana en que se agitan cual serpientes todos

los vicios capitales que encontráis y que debéis combatir en éste o aquel. Es la lección que

debéis sobre todo aprender, porque será la más útil en vuestro ministerio de maestros de

espíritu y directores de almas. Cuántos hay en todos los estados de la vida, que imitan a Judas

entregándose a Satanás y encontrando así la muerte eterna.

Siete razones como siete son las partes:

I. Preevangelio 29 (desde la Concepción Inmaculada de la Virgen María hasta la muerte de

san José).

II. Primer año de la vida pública.

III. Segundo año de la vida pública.

IV. Tercer año de la vida pública.

V. Antes de la Pasión 30(del Tebet a Nisán, esto es, de la agonía de Lázaro hasta la cena

de Betania.

VI. Pasión(a partir del adiós a Lázaro hasta mi sepultura y días siguientes hasta el alba

pascual).

VII. De la Resurrección hasta Pentecostés.

Reténgase esta división de partes como lo he indicado. Es la correcta.

¿Y ahora? ¿Qué decís a vuestro Maestro? No me dirigís la palabra. Pero habláis en vuestro

corazón y con tal de que podáis hacerlo, habláis al pequeño Juan. Pero en ninguno de

estos dos casos habláis con aquella justicia que Yo quisiera ver en vosotros. Porque

habláis al pequeño Juan para molestarlo, hollando la caridad para con una cristiana,

hermana e instrumento de Dios. En verdad os digo una vez más que no es una cosa alegre

ser mi instrumento: pues significa fatiga y esfuerzo continuos, en todo hay dolor porque a

los discípulos del Maestro el mundo da lo que dio al Maestro: dolor; y sería necesario que

por lo menos los sacerdotes, y sobre todo los hermanos, ayudaran a estos pequeños

mártires que siguen adelante bajo su cruz… Y por tal motivo al hablar a vosotros mismos

abrigáis en vuestros corazones lamentos de soberbia, envidia, incredulidad y otras cosas

más. Pero Yo daré una respuesta a vuestros lloriqueos y a vuestra admiración que se

escandaliza.

Yo dije en la noche de la última Cena a los Once que me amaban: “Cuando el Espíritu

Consolador haya venido os recordará todo lo que os he dicho”. Cuando Yo estaba hablando

que se entrega, acogedlo con alegría porque Él os calienta, desde la superficie hasta el fondo,

os despierte y os cubra de flores y frutos.

Levantaos. Venid a mi don.

“Tomad y comed. Comed y bebed” dije a los apóstoles.

“Si conocieras el don de Dios y quién es el que dice: “dame de beber”, tú misma se lo

habrías pedido a Él, que te habría dado agua viva”, dije a la samaritana.

También ahora lo digo a los doctores como a los samaritanos. Porque ambas clases

extremas tienen necesidad de ello, como también los que se encuentran en medio de dos

extremos. Los primeros para que no se desnutran y se priven de fuerzas aun por sí mismos y

del alimento sobrenatural para quien languidece por falta de conocimiento de Dios, del Dios-

Hombre, del Maestro y Salvador. Los segundos porque las almas tienen necesidad de agua

viva cuando parecen alejados de los manantiales. Los que están en medio de unos y otros,

forman la gran masa de pecadores no graves, de los estacionarios en el avanzar por la

pereza, bien debido a un falso concepto acerca de la santidad, de los escrupulosos de

condenarse, de ser observantes, de enredarse en un laberinto de prácticas superficiales, pero

que no se atreven a dar un paso en el camino escarpado, escarpadísimo de la heroicidad,

para que por este medio tengan un empuje inicial para salir de esta quietud e iniciar el camino

escarpado.

Yo les digo estas palabras. Os ofrezco este alimento y esta bebida de agua viva. Mi palabra

es vida. Os quiero tener en la vida, conmigo Multiplico mi palabra para balancear las miasmas

de satanás que destruyen las fuerzas vitales de vuestro espíritu.

No me rechazáis. Tengo sed de darme a vosotros, porque os amo. Mi sed es inextinguible.

Tengo un deseo ardiente de comunicarme a vosotros para que estéis prontos al banquete de

las bodas celestiales. Tenéis necesidad de Mí para no desfallecer, para vestiros con vestidos

adornados para las Bodas del Cordero, para la gran fiesta de Dios después de haber vencido

la tribulación en este destierro lleno de acechanzas, zarzales y serpientes, que es la tierra,

para pasar por entre las llamas y no sufrir ningún daño, pisar los reptiles y tener qué beber

venenos sin morir al tenerme a Mí en vosotros.

Y añado: “Tomad, tomad esta Obra y ‘no la selléis’, sino leedla y hacedle leer, ‘porque el

tiempo está cerca’ (Ju. Ap. 22, 1º)” y quien es santo se santifique más (V. 11).

La gracia de vuestro Señor Jesucristo sea con todos los que en este libro vean un

acercamiento mío y pidan que se cumpla, para protección suya, con el grito de amor: ‘¡Ven,

Señor Jesús!’”.

A mí en particular dice luego Jesús:

“En el proemio de la Obra pondrás el primer capítulo del Evangelio de Juan, del versículo 1

al 18 inclusive. Así íntegramente como está escrito. Juan escribió estas palabras, como

escribiste todas las que se hallan en la Obra, bajo el dictado del Espíritu de Dios. No hay nada

qué añadir o quitar, como no hubo nada qué añadir o quitar a la oración del Padre Nuestro y a

mi oración después de la Última Cena. Cada palabra de estos puntos es una joya divina y no

puede ser tocada. Para tales lugares no hay qué hacer más que una cosa: rogar

ardientemente al Espíritu Santo que os las ilumine en toda su belleza y sabiduría.

Cuando hayas llegado al lugar en que empieza mi vida pública, copiarán íntegramente el

primer cap. de Juan del v. 19 al 28 inclusive y el cap. 3° de Lc. Del v.3 al 18 inclusive, el uno

después del otro, como si fuese un solo capítulo. Se rata todo del Precursor, asceta de pocas

palabras y de áspera disciplina y no hay más qué decir. Después pondrás mi bautismo y

seguirás adelante como te lo he dicho cada vez.

Tu fatiga ha terminado. Ahora queda el amor y la recompensa para gozar de ella.

Alma mía ¿qué puedo decirte? Tú me preguntas con tu espíritu sumergido en Mí: “Y ahora

¿qué cosa vas a hacer, Señor, de mí, tu sierva?”

Podría decirte: “Romperé el vaso de barro para extraer su esencia y llevarla a donde estoy”.

Ambos nos alegraríamos. Pero todavía me eres necesaria por un poco, y otro poco todavía

aquí, a exhalar tus perfumes que son de olor de Cristo que en ti inhabita. Y entonces te diré

como a Juan: ‘Si quiero que te quedes hasta que Yo venga a tomarte, ¿qué te importa el

quedarte?’

La paz sea contigo, pequeñita mía, incansable voz. La Paz sea contigo. Paz y bendición. El

Maestro te dice: “Gracias”. El Señor te dice: “Sé bendita”. Jesús, tu Jesús, te dice: “Siempre

estaré contigo porque es cosa dulce para Mí estar con los que me aman”.

Mi paz sea contigo, pequeño Juan.

Ven y descansa sobre mi pecho”.

FIAT / La llamada de Dios a la criatura a la vocación del amor.

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